Y transcurren aconteceres de... dramas, tragedias y horrores que se mantienen, o que ocasionalmente aparecen como muestras de creencias, como muestras de dogmatismos, como muestras de filiación a... ¡a lo divino! 

Es tal el nivel de autoestima, de poder y de suplantación que establece la egolatría personal, que ponen a la Creación por testigo de cualquier acción; sobre todo las que demuestran destrucción, las que muestran gravedad... para que sean lo más parecido a un castigo divino.

¿Castigo divino? 

Ese nivel de vanidad humana, que puede alcanzar destrucciones y daños severos, no solamente se queda en esos casos excepcionales, sino que se hace “contagio”, en lo cotidiano. 

¡Sí! Cierto es que hay como un abismo entre el terror y el temor, pero... desde los más insignificantes hasta los más significados son capaces de amedrentar, de amenazar, al más puro “estilo divino”.

Y hay que preguntarse –y pregunta, el Sentido y la Llamada Orante-: “¿De dónde procede ese criterio de... “el castigo divino”?”

No sólo es atribuible a terremotos... volcanes... tormentas destructoras… –lo que se llaman “fenómenos naturales”- que en otro tiempo pudieran interpretarse, por la humanidad existente, como castigos. 

Hoy ya eso no se sostiene. Pero tampoco se sostiene la idea de que eso no haya quedado en el subconsciente, y el hombre lo acoja como justificante de poder ejercer en ese sentido destructor, demoledor, en los muy, muy, muy diferentes niveles. 

Y así, hace menos de un mes que se conmemoraban los atentados del 11M, en los que saltaban por los aires unos trenes que transportaban laborantes, trabajadores, trabajadoras... Y ahí se transmutaban 192, dicen las estadísticas. Y dicen también, los juristas, que lo hicieron en el nombre de... de lo divino, y que para celebrarlo se inmolaron. 

Y ocurre, en estas dramáticas situaciones, que... se envuelven y se envuelven de rumores, los aconteceres, que finalmente quedan en recuerdos y en historias, sin saber en realidad qué ocurrió. 

Es como decir: “Dios no tiene que dar cuentas de lo que hace ni por qué lo hace”.

E igual que el mayor atentado cometido en la historia del hombre, por un Estado, como “Hiroshima y Nagasaki”, permanece impune por necesidades de la guerra, todos los demás atentados –de una intensidad menor, pero todos los demás- se han ido diluyendo, justificando, y quedando como... algún monumento que recuerde. 

La Llamada Orante nos hace situarnos en aquello que nos desborda como ejercicio de poder, demoledor, para que tratemos de asumir, sin revancha, ese proceder que desborda las habituales violencias que cada ser establece con su entorno, en el nombre de defenderse o de atacar o de cualquier otra argucia de vanidad. 

Es como decir –sin que sean equivalentes, claro, pero sí como reflejo de lo que cada ser se ejercita en su poderío cotidiano y en sus castigos y desprecios-: egoísmos vanidosos que parece que son normales. Si esos “normales” los elevamos a una potencia, los multiplicamos, culminan con... vidas en el aire. 

El producir dolor... de muy diversa índole, es un mecanismo que se ha “institucionalizado” para mostrar la posición, la importancia… Y habitualmente tiene una respuesta similar o semejante, que puede ser indolente, ignorar, apartar…; actitudes igualmente violentas, pero con apariencias “civilizadas”. 

Pareciera que a la humanidad se le ha olvidado que somos producto de un Amor arrebatado de la Creación, ¡somos producto de una carambola increíble que hace posible lo viviente!; y que esto viviente se sostiene en base a la solidaria concordancia, sintonía, armonía, colaboración, respeto, afectoamor

Y que cada vez que ejercitamos el desamor, nos precipitamos a los abismos de la violencia. Sí: violencia hacia sí mismo, violencia hacia el entorno... de muy infinitas formas.

Es una dramática conversión de una única expresión en la que “la materia prima” –por así decirlo-, el amor, cuando sorprende al humano y le impresiona, le fascina, pues bien, decide apoderarse de ello, no vaya a ser que se pierda, no vaya a ser que se lo quiten. 

Y para ello emplea la violencia, según su criterio. 

Y así, todavía en algunos países, las mujeres adoptan el nombre de “señora de”, como una posesión. 

Es un ejemplo. 

Pero que nos sirve para darnos cuenta de que, en la medida en que no se consigue tener, poseer... la idea, el proyecto, el ser, la entidad, la circunstancia amada, la respuesta es poder, violencia. De muy diversa índole, insisto.

Pero no es la lucha entre el bien y el mal, no. 

Es la contaminación de la bondad del ser: que se vuelve inquisitorial y reclama, según sus derechos, sus criterios y sus opiniones, lo que es “suyo”

Es el “propietarismo” desolador; ese que acumula, que tiene, y que tiene que guardar, proteger, cuidar… 

Estar “seguros”. 

Y curiosamente, esa actitud de poder, que se hace violenta, también se dedica a asegurar lo posesivo, como un acto de clemencia. ¡Increíble! 

La Llamada Orante nos reclama que la pérdida de atención, de alerta y de alarma… 

Que en realidad no es “alarma”, sino que es “al-alma”. Es un simple cambio de una letra. 

Un simple cambio que nos hace tomar el aRma de la envidia, del celo, del desprestigio, del insulto, etcétera, a la otra, al aLma –en vez de “al-arma”, “al-alma”-; en el que el alma trata de trascender, escuchar, respetar, atender, cuidar. 

Y no es la solución condenar, castigar, encerrar... No. La solución es “almada”: “almar... al alma”. 

Porque ese “almar al alma” nos sitúa en el plano de lo no articulado, de lo no legal, de lo no oficial. Nos sitúa en el plano creacional. 

Nos hace posible vivir la Piedad, el Amparo, la Misericordia... y la Bondad Superior que gravita sobre lo viviente, gracias a lo cual está, existe. 

Descubrirnos... en base a la Llamada Orante, que nos llama para que nos veamos en nuestras vanidades, importancias, demandas, exigencias..., que son los caldos de cultivo de poder, de castigo, de desprestigio, de... ¡prejuicios! Esos que conducen a la condena y al castigo: prejuician, enjuician, condenan y castigan... al vecino, al religioso, al político, al deportista o a cualquier otro. 

Y eso ha llegado a considerarse... normal. 

Incluso se habla de que son mecanismos de defensa, los prejuicios, los juicios, las condenas y el castigo consiguiente; porque van todo seguido: prejuicios, juicios, condenas, castigos... de pensamiento, palabra, obra u omisión. 

Todo ese caldo de cultivo, cuando se hace “normal”, es un caldo de cultivo que se acrecienta, que ¡hierve!... y llega a momentos de explosión; que llega a ese drama que es la guerra: la mejor institución para destruir, ganar... y saltarse todas las prevenciones del cuido, del desarrollo del arte, de la belleza. Incluso se le llama y se dice que es un mecanismo “depurador”; que es necesario.

La Llamada Orante nos llama para que no seamos gérmenes que promuevan, que sean caldos de cultivo –que seamos caldos de cultivo- de esa posición de suplantación de lo divino, en la que el poder es la máxima expresión; la violencia, la mejor ejecución; y el prejuicio, juicio, condena y castigo, la mejor decisión. 

Como seres orantes que acuden a la Llamada Orante, debemos aplicarnos en esas perspectivas, en esas dimensiones.

Dejar de condenar y de juzgar, pero sí evidenciar, para poder hablar y escuchar. 

Y en ello y con ello establecer concordia, relación, colaboración, sintonía, afecto, amabilidad. 

Tenemos todas las palabras necesarias para desarrollar nuestro instinto de santidad. ¡Todas!

Nos reclaman orantemente que las ejercitemos.

Todos los momentos son trascendentes. Y esta vivencia de “normalidades” debe revisarse, ponerse al día... y testimoniar nuestra esencia divina como servidores, como admiradores, como cultivadores de la belleza y de la sintonía. 

“Es una posición inaplazable”. 

Ámen.

***

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The prayer we practice does not belong to any religion. We believe prayer can be a liberating and healing instrument. It is referenced in Creation and, without naming them, in the different Forces that animate us. Our belief that prayer is an essential element, led us to create a space dedicated exclusively to prayer: “The House of the Sound of Light” located in a farmhouse in the Basque Country, in the province of Vizcaya. There, prayer encounters and retreats are held.

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